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Sube Conmigo

Sube Conmigo

Dios creó al hombre para que no estuviera solo, aislado, encerrado en sí mismo, sino para que compartiera con los demás, como hermanos, todas las dificultades cotidianas. El hombre necesita de su hermano para complementarse y crecer humanamente, porque ningún ser humano es completo en su personalidad ni perfecto. Pero, a causa del pecado, el hombre ha perdido esos dones y urgentemente necesita recuperarlos, con sacrificio y perseverancia. La fraternidad es herida a causa del "orgullo, vanidad, envidia, odio, resentimiento, rencor, vergüenza, deseo de poseer personas o cosas, egoísmo y arrogancia, miedo y timidez, angustia y opresión".

Éstas y otras imperfecciones son las que continuamente acompañan al hombre. Es necesario, pues, revertir los criterios negativos mediante el combate espiritual para transformarlos en positivos, si se desea practicar la fraternidad. Es una labor ascética que nos invita a rescatar lo positivo y aplicarlo en la convivencia comunitaria. Todos somos llamados al trabajo, como el autor describe: "Estamos levantando el muro de la fraternidad con piedras desiguales." Sin Cristo hay discordia, odio, desprecio entre el hombre y su hermano. El autor del libro Sube conmigo destina su obra, en primer lugar, a las personas consagradas a la vida religiosa, luego a los jóvenes que hacen convivencia fraterna en el Señor y por último a las familias, dando pautas para una verdadera convivencia fraterna, según los consejos evangélicos.

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